Nosotras también nos lo merecemos.

Tuve una conversación con una amiga y llegamos a la conclusión que nosotras también nos lo merecemos, aunque nos cueste creérnoslo, también nos lo merecemos.

Esta amiga nacida en el otro lado del charco fue a parar, por iniciativa propia y personal, a un país nórdico, en el extremo norte del mismo, casi al lado donde el “gran abismo” comienza. Allí se enamora de un hombre autóctono, divorciado y con hijos a su cargo, y se hace un hueco en su vida. Este proceso no debió ser fácil: encajar en el país de tu pareja, en la casa de tu pareja, en los hijos de tu pareja, en el idioma de tu pareja, procurando guardar tu esencia intacta porque el contorno, indudablemente se ha desdibujado en el proceso de encaje.

Ahora, algún tiempo después, con los hijos ya crecidos, ella encuentra una nueva oportunidad laboral, “la” oportunidad laboral, en la tierra de Shakespeare y deciden mudarse, solo la pareja.

Estuvimos en su casa ayudándoles a vaciar un poco más esa casa que, como todas, representa nuestra vida, nuestro nido, nuestra seguridad… Y yo me sentía triste de ver como el vacío lo iba ocupando todo. Ella derrochaba excesivo optimismo y él, como le es habitual, mostraba poco sus emociones.  Le pedí disculpas cuando percibí que mi explícita alusión a la tristeza la estaba molestando. Yo creo que visualizar y verbalizar lo negativo ayuda a su gestión de forma más positiva, a pesar que esté “mal visto” y socialmente se evada por educación. Ella me contestó que no puede estar triste, tiene que estar positiva para dar ánimos a su pareja.

Luego a solas le dije, directamente, que sí, de acuerdo, él deja trabajo, familia y casa para estar con ella, y eso es muy bonito. Pero yo, calzándome sus zapatos, sentí lo mismo que ella: ¿yo, mujer, en que momento merecí semejante sacrificio?.

Ella me confesó sentir que volvía a tomar el control de su propia vida (es tan bonito escucharlo… siempre).

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“Dos mujeres corriendo por la playa” Pablo Picaso, 1922

Y tomamos consciencia de cómo nos entregamos, nos limamos, nos regalamos sin pedir mucho a cambio (algunos dirán que es ADN genético: instinto maternal; otras diremos que es ADN social: patriarcado), mientras que cuando es el hombre quién hace lo homónimo o similar, renunciando por acompañarnos, por considerarnos, por darnos espacio y reconocimiento vital… nos sentimos en deuda, agradeciendo con toda nuestra capacidad de cuidado y atención emocional ese gran amor que no creemos merecer. Pero, de verdad, queremos creer que sí, ¡sí que no los merecemos!. Merecemos ser reconocidas, merecemos ser apoyadas, merecemos ser visibilizadas, merecemos ser secundadas, merecemos tener la opción de ponernos al frente… pero sobre todo, merecemos ser cuidadas cuando algo de esto pasa…

Porque mi conclusión es que ante el cambio existencial que ambos están realizando, conjuntamente y por separado a la vez, ella, mi amiga, está allí para cuidarlo a él pero… y a ella, ¿quién la cuida?.

 

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